Un zaragozano en la cuna de las humanidades

Diego Clavero vive su experiencia en la Academia Vivarium Novum de Roma, donde los alumnos solo hablan en latín y griego

Fuente: Ángel Abad en ABC de Aragón – 21/10/2020

¿Qué necesidad hay de aprender lenguas muertas? «O igual sí que la hay», se contesta Diego Clavero, un joven zaragozano que se siente privilegiado al vivir la experiencia de ser uno de los cuarenta alumnos, procedentes de todo el mundo, de la Academia Vivarium Novum, un centro concebido como una universidad en el sentido más clásico, donde las humanidades buscan convertirse en una cadena espiritual que permita unir el pasado con el presente.

Allí, en la majestuosa Villa Falconieri, en la localidad de Frascati, a unos diez kilómetros de Roma, Diego cumple un sueño, «el estudio de las humanidades de primera mano, mediante la enseñanza de las lenguas originales en las que todo texto humanístico, y la mayor parte de los científicos, están escritos: el latín y el griego antiguo». Se siente un muchacho de su tiempo, y a la vez admite que «el concepto suena poco menos que descabellado, aunque a mi entender es necesario aprender, no como mera curiosidad, sino para alcanzar el entendimiento entre las distintas gentes», y ahí entra una mentalidad de intercambio cultural.

El zaragozano de 19 años quería formarse en las lenguas clásicas antes de comenzar el grado de Derecho en la Universidad de Zaragoza. «Tras la solicitud vino una entrevista en la que buscan el perfil más personal, las ganas de aprender, el pensamiento crítico, los puntos en común que podemos encontrar con personas de otras culturas…» y fue uno de los becados en torno a un proyecto educativo basado en la recuperación de las disciplinas humanísticas.

Diego Clavero asegura que el principal atractivo de la Academia es la enseñanza del latín y el griego «para su entendimiento y su uso en la vida cotidiana e intelectual», con unos métodos «cómodos y hasta cierto punto entretenidos».

En la Academia nada se parece a una facultad de humanidades de cualquier universidad del mundo, empezando por el día a día. «Una vez nos hemos aseado bajamos al coro y cantamos la antigua poesía de Virgilio, Ovidio, Horacio, Safo y otros. Son canciones que hablan de amor, amistad, envidia, paz, guerra o gestas de héroes. Dicen que la música es lo mejor para empezar el día y aquí se lo han tomado bastante a pecho…»

Son los alumnos quienes afrontan las tareas domésticas «para que la Villa quede impoluta» antes de comenzar las clases -literatura latina, autores renacentistas, griego antiguo…- que las afronta con entusiasmo: «Son verdaderamente increíbles por la naturalidad, la preparación y los recursos didácticos, que demuestran el nivel de compromiso de los profesores».

Consciente de la singularidad del centro, Diego lo define como «una institución que se desvive, no para soltar autenticas bolas de pedantería, sino para moldear el ánimo de los estudiantes, para que reciban una visión más grande del mundo, para hacer un parón y, antes de iniciar su etapa adulta, tener más herramientas para enfrentarse a la vida y plantar cara a las adversidades. Darle a las cosas la importancia que tienen y recuperar la curiosidad perdida».

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